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Por Marcelo Navall*
Percibo que estamos viviendo una “sobreambientalización” de la agenda social, técnica, jurídica y política. Me permito inventar esta palabra para poner un nombre a la exagerada presencia en los medios, en las redes y (por ende) en las mentes, de una idea que me parece peligrosa: “el humano es el cáncer del ambiente”. Nos bombardea diariamente una campaña que nos empuja a considerar que todo uso del ambiente está mal, y que esa será nuestra ruina. Lejos de motivarnos a mejorar, esta campaña nos está empujando a buscar culpables, acusarlos y exponerlos, y nos lleva hacia un único paradigma: si el humano es el problema, saquemos al humano, que la naturaleza se recuperará sola.
Respeto que éste sea un punto de vista más, representando parte de la diversidad de ideas que puede haber en la sociedad sobre un tema de interés común. Lo que me preocupa es que esta mirada esté colonizando todos los sectores. Sin duda, la irrupción del COVID en nuestras vidas fue un espaldarazo a planteos ambientalistas que ya sonaban desde hace tiempo, y muchos de ellos con una sólida justificación. Sin embargo, en una sociedad que como nunca ha migrado su comunicación al mundo digital, este paradigma se está instalando de manera desproporcionada, y está ocurriendo que, así como se difunden las “fake news”, hay varios de los planteos de la “sobreambientalización”, que se basan en supuestos erróneos, tendenciosos o tergiversados.
Tomemos el tema de los incendios. Comparto que es doloroso, nos golpea a todos que se ponga en riesgo la vida de pobladores y combatientes, que se pierdan propiedades, vidas animales y vegetación. ¿Cómo tomó la agenda sobreamientalizada el tema?: exigiendo la cabeza de los culpables de prender el primer fósforo, acusando de “ecocidio”, y metiendo a todos en la misma bolsa: productores, inmobiliarias, turistas, pobladores, cazadores. Además, instaló la idea de que se quemó medio país. Los fuegos ocurren cuando coinciden calor, oxígeno y combustible. Si bien podemos evitar los focos de calor para que no se inicien incendios, para prevenir su propagación lo más adecuado es controlar el combustible. ¿Cuál es el combustible?: leña y pasto. ¿Cómo se reduce el combustible?: produciendo. No veo otra forma económicamente viable de reducir los combustibles en grandes extensiones, porque producir convierte esa biomasa en bienes útiles a la sociedad, que pagan los costos. ¿Te parece que tiene sentido que la producción ganadera y forestal sean herramientas para la prevención de incendios? Si no te parece, es porque tengo razón: te instalaron la idea de que es mejor tratarlos con un “no tocar” permanente, y cuando se queme, pedir avión hidrante.
Tomemos el tema de los desmontes. Coincido con quienes denuncian que se hicieron desastres en nombre de la producción. Se desmontó donde no se debía, en extensiones enormes y se quemó casi toda la madera que había. ¡Pero eso fue hace 10 años o más! Desde entonces, las tasas de desmonte disminuyeron gradualmente, y hoy se desmonta el 10% de lo que se desmontaba en 2007. Además, los desmontes en buena parte han sido legales, en el marco de procesos de autonomía provincial y presupuestos mínimos nacionales. Hay mucho, mucho por mejorar, pero el proceso ha sido positivo. A pesar de esto, ¿cuál es el mensaje instalado? “paren los desmontes”, “ni un metro más”, “desmonte cero”, “no corten árboles”. Y de nuevo, el dedo acusador de la “sobreambientalización” apuntado a los culpables: el “sojero”, el “ganadero”, el “productivista”, el “maderero”. En las teatralizaciones hechas para instalar estas ideas, se veían motosierras como símbolo de destrucción masiva… pensar que la motosierra es una herramienta de desmonte, es como asumir que el cepillo de dientes es para lavar los pisos de tu casa.
Tomemos el tema de la energía. No es un tema de agenda. ¿Porqué? Yo creo que es porque toca los intereses detrás de quienes promueven la sobreamientalización. La mayor parte de nuestra población está en las ciudades, y necesitan de la energía para su ascensor, su subte, su avenida iluminada, su auto disponible y su vida cotidiana. Ah, pero ¿esa energía contamina? Si, y mucho. Más del 60% de la energía eléctrica del país se genera quemando fuentes fósiles. Carbono almacenado en el subsuelo que extraemos para quemar y generar electricidad, poniendo ese CO2 en la atmósfera. Casi toda nuestra flota de vehículos se mueve con energía fósil. ¿Por qué no hay una campaña de “ni un auto más”, o “ni un kW más de fósiles”? ¿Por qué no se señala como “ecocidas” a quienes consumen combustible para mover a una sola persona por auto 40km de ida y vuelta todos los días a su trabajo, en ciudades gigantescas e ineficientes? Este sector, que es el que más contribuye a la contaminación y el cambio climático, no está en agenda. Te comparto un dato poco conocido, que vincula energía e incendios: ¿sabías que si lográramos “cosechar” toda la energía que se disipa en incendios de ambientes naturales y la transformáramos en eléctrica, sería más de lo que consumimos en todo el país? Santiago Verón y colaboradores lo determinaron hace unos años.
Uno de los aspectos que me preocupa de la sobreambientalización, es que elimina la posibilidad de diálogo. Nos empuja a una mirada donde la salida es buscar al culpable, penalizar, prohibir y exponer. No digo que no haya casos que lo merezcan, pero no son las generales de la ley. De todos las/os productoras/es que conozco, de todos los rubros y escalas productivas, no me encontré nunca con el estereotipo al que apuntan como “ecocida”. Siempre vi a personas aprendiendo, con errores y aciertos, pero comprometidas con la tierra que les toca administrar y hacer producir. Además, nadie que reciba semejante acusación se va a sentar a dialogar en cómo se pueden mejorar los sistemas de manejo. Seguramente se aislará, y tratará de seguir produciendo sin llamar mucho la atención. La acusación de “ecocida” es para los sobreambientalizados, lo que la brujería era a la inquisición. Como entonces, no veo voluntad de diálogo, comprensión empatía o aprendizaje mutuo. Parece que sólo se quiere castigar a los supuestos culpables.
Cabe aquí destacar, que cuando el discurso sobreambientalizado es confrontado desde la mirada productiva, su recurso típico es dividir la ruralidad: al parecer los “ecocidas” son los medianos y grandes, los pequeños productores son “aliados”. Otra exageración y tergiversación. La ruralidad argentina es muy heterogénea, conviven en los mismos territorios productores industrializados, medianos, pequeños, pobladores, empleados rurales, prestadores de servicios, proveedores, agencias estatales y muchos más. Conforman una red de interacciones de intercambio, que por lo general son buenas y útiles; desde las cuales se intercambia, se aprende y se crece. ¿Hay conflictos?, sí, tal como en los barrios urbanos. Pero el discurso sobreambientalizado busca exponer exclusivamente el conflicto para seguir dividiendo, y mira para otro lado cuando pequeños y grandes interactúan, conviven, hacen negocios y se llevan bien. Por otro lado, me parece que, en este recurso, la sobreambientalización estigmatiza y usa al pequeño productor. El pequeño productor merece las mismas oportunidades de enviar a sus hijos a la universidad, que el sobreambientalizado que tuitea sobre el último “ecocidio” desde el sillón de su living. Esa podría ser una buena campaña de lucha en las redes, pero parece que es menos “viral” que la foto del árbol cortado o el animalito quemado.
Me preocupa también, que una vez que se haya castigado a todos los “ecocidas”, nos quedemos sin gente en los campos y montes para manejarlos. ¿Dónde van a vivir?, ¿el sobreambientalizado de ciudad les hará un lugar?, ¿les conseguirá trabajo y comida?, ¿compartirá su auto para llevarlos a trabajar? Y por otro lado, ¿qué pasará con el ambiente que tanto se quería defender?, ¿quién hará un camino para acceder?, ¿quién tendrá agua cerca para abastecer si hay que controlar un incendio?, ¿qué poblador informará por dónde se llega más rápido al foco de incendio?, ¿cómo se va a reducir la cantidad de combustible acumulado sin actividades productivas?, ¿qué productor prestará un tractor y rastra para hacer un cortafuego? Un campo y el monte sin productores, tienen los días contados.
Pero lo que más me preocupa de todo, es que si la energía del sobreambientalismo no da un giro para apoyar el buen uso como la mejor forma de protección de nuestros recursos naturales, entonces estará favoreciendo el juego al reemplazo definitivo de los ecosistemas naturales. Seguir acusando, poniendo en duda y denostando la capacidad de manejar sistemas productivos complejos, donde simultáneamente se produzca y conserve, nos empuja a un modelo de usos separados: producción agrícola intensiva por un lado, y conservación absoluta por el otro. Este modelo nos propone por un lado un campo sin productores, mecanizado, mercantilizado y commoditizado, que nos produzca el biodiesel e insumos agrícolas para hacer carne impresa 3D, porque todos creemos que eso es sustentabe y es “la onda”. Del otro lado, una enorme reserva natural sin humanos. Si ese es el paisaje futuro que están alentando los sobreambientalizados, les comparto que su remedio es peor que la enfermedad que pretenden curar.
Para no caer en otro acto de estigmatización, invito a los que se sientan un poco sobreambientalizados, a canalizar su energía hacia acciones más útiles a la sociedad. Creo que sería más útil superar la superficialidad del sobreambientalismo de redes, e informarnos más sobre los procesos productivos, elegir mejor qué consumir y apoyar proyectos productivos sustentables de nuestros recursos naturales. Van algunas ideas disparadoras: La leña y el carbón que vengan de montes manejados son mejores para cocinar que el gas natural o envasado, que es fósil. Acompañá proyectos que faciliten su uso. Usá toda la madera que puedas en la construcción, en reemplazo de cemento, aluminio o plástico, aunque no venga de un bosque manejado, creeme que es mejor por ser carbono secuestrado de la atmósfera. Consumí carne criada a pasto en vez de engordada con granos en feed lots, o “carne impresa 3D”. Elegí miel no adulterada con JMAF, elegí cabritos del monte en vez de cerdos de granjas industriales, comprá artesanías wichí en vez de baratijas importadas, elegí productos animales que vengan de la ganadería regenerativa, preferí alimentos de origen agroecológico e informate sobre su origen, elegí muebles de maderas nativas en vez de melamina, son excelentes maderas y te van a durar toda la vida. Hay decenas de iniciativas que van por aquí, buscalas, infórmate cómo tus hábitos se vinculan con lo que pasa en la ruralidad, y actuá.
Apoyá políticas públicas de arraigo, producción sustentable y trabajo en los ambientes rurales, para alentar el manejo sustentable de los recursos naturales. Despabilate de tanta superficialidad en redes sociales y ayudá a difundir los buenos proyectos de uso de los ambientes rurales y naturales. La verdadera revolución ambiental se logrará cuando volvamos a poner a las personas en el centro, mejoremos nuestra capacidad de diálogo y articulación, y pongamos a los ecosistemas bajo manejo y al servicio de la igualdad de oportunidades, la producción sustentable, la generación de trabajo y regeneración de los suelos y el ambiente. Y para eso se necesita un esfuerzo militante, diario, comprometido y permanente. ¿Te sumás? Dale, hacés mucha falta de este lado.
*Marcelo Naval, Ingeniero Forestal – Santiago del Estero, Argentina

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