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Proceso histórico de constitución de la región chaqueña

Las nociones de frontera, conflicto y marginación son quizás las que de mejor manera nos ayudan a entender el proceso de constitución de la región chaqueña. En efecto, a lo largo del siglo XIX y bien entrado el XX, el Chaco fue visto como un espacio ajeno e indómito, territorio de frontera 1 del poder español, primero, y luego de una República abstracta y remota para los habitantes de estas tierras, mayoritariamente indígenas, con la excepción de algunos colonizadores que fundaron los primeros establecimientos ganaderos de la región.

Tarija, San Bernardo de la Frontera, es decir el Valle Central, desarrolló frente al Chaco una relación casi de beligerancia, alimentada por la memoria histórica colectiva originada en los enfrentamientos de los primeros habitantes de la Villa con las poblaciones indígenas chaqueñas que en reiteradas oportunidades asaltaron y saquearon diversos pueblos de avanzada fundados por los españoles.

Esa relación, fundada en la memoria del conflicto, se manifestó luego en las denominaciones que a modo de toponimias le fueron adjudicadas al Chaco, desde las crónicas coloniales que lo llamaron “tierra incógnita a la vuelta de la cordillera” o simplemente “el desierto” hasta el apelativo de “infierno verde” como se lo conoció en los sombríos días de la contienda con el Paraguay.

La condición de frontera del Chaco, es decir de un espacio desconocido, extraño e inexplorado, supuestamente deshabitado, motivó sucesivas exploraciones propiciadas por gobiernos que pretendían sentar soberanía sobre un territorio de límites internacionales inciertos pero que se lo intuía pletórico de riquezas 2. Las expediciones más destacadas son las que emprenden Jules Crevaux en 1882 y luego de la muerte de éste en manos de los tobas, la expedición de Daniel Campos y Arthur Thouar, que se plantea como objetivos rescatar los restos de Crevaux y abrir una ruta hacia el Paraguay.

La llegada de los primeros ganaderos hacia la región chaqueña data de finales del siglo IXX, a partir de la fundación de las misiones San Francisco Solano en 1860 y San Antonio de Padua en 1869 en las márgenes del río Pilcomayo, circundantes ambas a lo que hoy es la ciudad de Villamontes. Inicialmente se trataba de comerciantes criollos que se asientan precariamente al amparo de las misiones franciscanas y progresivamente van ocupando tierras en permanentes conflictos con los indígenas, especialmente en la llanura chaqueña.

Pero fue recién durante la Guerra con el Paraguay (1932 — 1935) que el país descubrió al Chaco y una vez más puso al desnudo su condición de frontera.

La Guerra del Chaco, con toda su secuela de infortunios, es la culminación de un proceso de conflictos que tienen como consecuencia directa la expulsión de poblaciones indígenas chaqueñas, proceso que comienza en 1905 con la secularización de las misiones franciscanas y la creación de la Delegación Nacional del Gran Chaco y por tanto el advenimiento del ejército y de los ganaderos en sustitución de los misioneros. De esa manera, pueblos indígenas como los lengua, chorotes, tobas y nivaclé son expulsados en su totalidad hacia la Argentina y el Paraguay, en tanto que una numerosa población de tapietes y guaraníes huyen hacia el Chaco paraguayo y en menor medida a la Argentina. Es interesante constatar que recién hoy, luego de casi un siglo de acontecido ese éxodo, los indígenas del Chaco boliviano están retomando contacto con las comunidades de Argentina y Paraguay, en un proceso de reencuentro motivado por la búsqueda de soluciones conjuntas a problemas que en este tiempo rebasan las fronteras y afectan a todos por igual.

Los indígenas que no emigran, especialmente los weehenayek, sirven al ejército boliviano en calidad de peones para la apertura de sendas y de chalaneros para el transporte de las tropas en el río Pilcomayo. Sin embargo, los indígenas nunca fueron reconocidos como excombatientes y ninguno de ellos figura en las listas de quienes reciben la pensión vitalicia que el Estado otorga a quienes fueron movilizados para la contienda.

De esa manera, los conflictos previos a la guerra del Chaco y la propia contienda armada, paradójicamente sirven para el vaciamiento de las tierras indígenas poniéndolas de esta manera a disposición de los ganaderos. Una vez concluida la contienda el Ejército reparte tierras entre los ganaderos y excombatientes que deciden quedarse en el Chaco, en su mayoría provenientes del Valle Central de Tarija o de los valles de Cinti y Chichas, al sur de Chuquisaca y Potosí, respectivamente.

Igualmente, el impacto que tuvo en el Chaco la Reforma Agraria de 1953, simplemente fue el de legalizar las tierras anteriormente ocupadas por los ganaderos, reduciendo a los indígenas, de acuerdo al texto de la Ley, a “grupos selvícolas” sin ningún derecho a ser beneficiarios en el reparto de tierras. Solo en 1970 la Misión Sueca Libre de Villamontes tramita títulos comunitarios para los weehenayek logrando apenas la dotación a once comunidades en 1972 y sin lograr una efectiva seguridad jurídica frente a la ocupación de terceros.

Así, la desmovilización de la Guerra y la colonización motivada por el proceso de reforma agraria produjeron en las décadas del cuarenta y cincuenta una dinámica de ocupación de las tierras antes poseídas por las comunidades indígenas, quienes fueron desplazadas a los lugares más inhóspitos e inaccesibles, cuando no, como se indicó con anterioridad, hacia la Argentina 3 y el Paraguay. Paradójicamente, las sendas y picadas construidas por los indígenas bajo las órdenes del ejercito en campaña sirvieron más tarde para que los ganaderos vean facilitados sus asentamientos en la llanura chaqueña.

Para los sesenta y setenta el Chaco de alguna manera fue incorporado a los planes desarrollistas muy en boga en la época, en su mayoría impulsados por las corporaciones de desarrollo que se crearon en ese entonces, de ese tiempo datan proyectos como la Fábrica de Aceite de Villamontes, el programa algodonero de Puerto Margarita y el proyecto multipropósito PROVISA (Proyecto Sachapera — Villamontes). Terminando todos ellos en rotundos fracasos.

Una constante en toda la historia republicana del Chaco, en realidad hasta nuestros días, ha sido el fenómeno de la migración, originada por diversas causas, pero fundamentalmente por la búsqueda de nuevas oportunidades económicas sea a través de conseguir tierras para la producción agropecuaria o la inserción en el circuito comercial de la frontera con la Argentina.

A diferencia de lo que sucedió en el Chaco paraguayo y también en el argentino, no se produjeron grandes migraciones extranjeras hacia el Chaco boliviano y tampoco se propició, en el pasado, la recepción de inversionistas extranjeros. Un intento fallido de ello fue la Casa Alemana Staud quien recibió en concesión por parte del Gobierno Nacional, durante la segunda década del siglo pasado, gran parte del Chaco con el propósito de iniciar la crianza de ganado mayor para su exportación. Sin embargo, la empresa que durante algunos años hizo importantes inversiones, no prosperó como habían planeado sus propietarios, disminuyendo paulatinamente su interés y las inversiones, de tal modo que años antes de iniciada la contienda bélica con el Paraguay la empresa abandona completamente la zona. 4 Solo en los últimos años se producen los asentamientos de las colonias menonitas Del Sur y Florida en la Primera Sección de la provincia Gran Chaco.

La noción de frontera acompañó las migraciones hacia el Chaco, creando en los recién llegados lo que Turner 5 llama “una forma de vida pionera”, pues esos hombres y mujeres tienen que enfrentarse a las adversidades de un ecosistema desconocido para ellos, especialmente para aquellos que provenían de la región andina de nuestro país. La forma de vida desarrollada por los migrantes con el tiempo da lugar a lo que hoy los geógrafos humanos denominan los “mitos fronterizos” y que con el transcurso de los años se convertirán en la ideología predominante entre los nuevos habitantes del Chaco.

El mito fronterizo, ese sentimiento de adquirir algo solo en razón al esfuerzo y sacrificio, tiene la virtud de otorgar derechos y consolidar y alentar identidades. Es muy frecuente escuchar de los actuales ganaderos chaqueños, como un alegato en sus conflictos con los nuevos migrantes o los propios indígenas, frases como “nosotros sufrimos para conseguir lo que tenemos, ellos quieren las cosas a lo fácil, cuando llegamos ésta era una tierra salvaje”. Esta ideología de la frontera es, en cierto modo, el fundamento actual de las elites chaqueñas en su interpelación a los nuevos migrantes.

En este mito fronterizo también encontró uno de sus fundamentos el sistema de la hacienda que fue instaurado especialmente en la región del Chaco subandino 6 y cuyos resabios aún perduran en las provincias del Chaco chuquisaqueño. Así, el patrón o propietario de hacienda se asume así mismo como el pionero que venció a la naturaleza y redujo a los salvajes, recibiendo a cambio el derecho a explotar la mano de obra indígena de manera casi gratuita y también el privilegio de explotar los recursos naturales en su exclusivo beneficio.

A partir de todos estos antecedentes que configuran un complejo escenario social signado por el fenómeno de la migración, es difícil hablar de “una” o “única” identidad chaqueña, sino más bien dan cuenta de la coexistencia de una diversidad de identidades y culturas. Así, con el transcurso de los años, el Chaco se ha consolidado como un espacio donde conviven, no siempre exentos del conflicto, una gran diversidad de pueblos y culturas, evidenciando lo que ya en 1733 el misionero franciscano Pedro de Lozano atribuyó como significado de su nombre: una multitud de naciones.

Diversidad de pueblos y culturas, pero también fuente de muy rica variedad natural. En efecto, pese al persistente y pertinaz saqueo de su naturaleza aún hoy el Chaco es uno de los reservorios más ricos en biodiversidad y otros recursos. Los expertos afirman que el Gran Chaco en su conjunto es, después de la Amazonía, la mayor área boscosa de América del Sur y que a pesar de la aridez de la mayor parte de su territorio, hay mayor cantidad de plantas comestibles por hectárea en el Chaco que en la selva pluvial amazónica. Hay pueblos indígenas chaqueños capaces de reconocer más de 200 plantas comestibles y es en ese conocimiento, hoy amenazado, en el que fundan su sobrevivencia 7.

Igualmente, producto de la severa marginación a la que estuvo sometido el Chaco, sus habitantes han desarrollado una visión “ensimismada” de región, concibiendo a ésta como una isla librada a su propia suerte. De ahí que muchos chaqueños vean en el toborochi la metáfora más clara de lo que pretenden que su región es, pues como es sabido el toborochi es una especie nativa de este ecosistema que almacena agua durante la época de lluvias y en la sequedad del invierno chaqueño sobrevive de sus propias reservas. Sin embargo, más allá de todo simbolismo, la realidad de la marginación, elevada a discurso, manejado fundamentalmente, pero no exclusivamente por las élites chaqueñas, ha devenido con el transcurso del tiempo en un factor importante de cohesión social.

Sin embargo, ese secular aislamiento en los últimos tiempos se vio abruptamente alterado a raíz del advenimiento de nuevas realidades económicas y sociales en la región a partir de una serie de fenómenos mayormente externos pero con un gran impacto en las estructuras más íntimas del territorio y habitantes chaqueños. Se trata de fenómenos ligados a la explotación de hidrocarburos, a la consideración del Chaco como un eventual tránsito de corredores de integración bioceánica, a la explosión demográfica de ciudades intermedias como Yacuiba, debido al auge comercial con la Argentina, a la creciente importancia que está cobrando el ecosistema chaqueño para las agencias de cooperación internacionales y el surgimiento de iniciativas de articulación e integración trinacional (Argentina, Bolivia y Paraguay) de actores chaqueños como los indígenas, organismos no gubernamentales y otros que se organizan en función a las oportunidades y amenazas que el nuevo contexto les plantea.

Así, el Chaco, hasta hace pocos años sumido en un provincialismo proverbial y con asomos de una modernidad que nunca terminaba de aterrizar, a causa de los fenómenos antes descritos, comienza a vislumbrar una nueva y compleja dinámica socioeconómica. Estas nuevas realidades están planteando desafíos que someten a prueba la institucionalidad chaqueña, reconfiguran los escenarios de relación de la región con el poder estatal y cuestionan los roles tradicionales de los diversos actores que hasta hoy configuraron el panorama social, económico y cultural de la región, desnudando graves déficit de gobernabilidad, liderazgo y capacidad de negociación entre ellos y con actores externos. Pero evidenciando también complejas situaciones de inequidad y exclusión social.

1 Entenderemos frontera no en el sentido tradicional de límite internacional, sino como un espacio de interacción cultural, donde se construyen relaciones y se suscitan conflictos. 

2 Es interesante constatar que esta condición de frontera del Chaco es atribuida por otros investigadores a la región de Tarija en su conjunto: “…es posible visualizar a Tarija como un corredor fronterizo y migratorio producto de su localización en una zona de contactos y conflictos multiétnicos” (Presta, 1995: 236). “El espacio geográfico que comprende los valles tarijeños con su ligazón a las llanuras del Chaco, es territorio que presenta características que lo definen como territorio de tránsito, es decir, como confluencia de relaciones, de desplazamientos poblacionales e intereses de un conjunto de culturas, sociedades y naciones” (Hinojosa, 2000: 17). 

3 En esta época se produce el auge de los ingenios azucareros del norte argentino, especialmente los de Libertador San Martín o Ledesma, absorbiendo gran cantidad de mano de obra indígena proveniente del Chaco boliviano. 

4 Ministerio de Desarrollo Sostenible y Planificación. “Diagnóstico y evaluación Territorial del Municipio de Villamontes”, La Paz, abril de 2000. 

5 Citado por REBORATTI, Carlos en “Fronteras Agrarias en América Latina”. Cuadernos Críticos de Geografía Humana, Nro. 87, mayo de 1990. 

6 Normalmente en el Chaco boliviano se reconocen tres grandes unidades fisiográficas: i) la sub andina ii) el pie de monte y iii) la llanura chaqueña. Estas unidades poseen características particulares con relación a aspectos climáticos, poblacionales y socioeconómicos. 

7 Walambá, El Gran Chaco Americano: Alternativas de sustentabilidad para el Gran Chaco. Argentina, 2000. 

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